martes, 28 de noviembre de 2006

El Salero Mágico

EL SALERO MÁGICO

Había una vez un leñador que vivía en el bosque con sus dos hijos en una humilde cabaña. Y aunque eran muy pobres, nunca faltaba en su mesa la comida, ya que el más joven de los hijos, además de ayudar a su padre y a su hermano con la leña, también cultivaba una huerta. Y así, aún en los tiempos más difíciles, algo había para echar al estómago.
Un día, un ayudante de la cocina del rey, quien había ido al bosque a juntar hongos, bayas de enebro y hierbas para aderezar los platos reales, se topó con la cabaña de nuestros leñadores. Como estaba cansado, pues llevaba muchas horas caminando, golpeó la puerta y solicitó al leñador y sus hijos, si le permitían beber un poco de agua. El leñador lo hizo entrar a la humilde morada y, lo invitó a compartir con ellos la comida que se disponían a comer.
El ayudante de cocinero no pudo evitar echar una mirada a la olla que se encontraba sobre la mesa antes de decidirse a aceptar la invitación. Lo que vio no le pareció para nada tentador, más bien estaba a punto de rechazar cortésmente el ofrecimiento, cuando observó que el más joven de los hijos tomaba de un hueco que había en la pared un salero de barro, echaba un poco de sal al puchero y lo revolvía. No había terminado de hacer esto cuando el más delicioso aroma invadió la habitación. Al ayudante se le hizo agua la boca, y, sin vacilar, se sentó a la mesa decidido a saborear el manjar que despedía tan maravilloso aroma. La comida no era más que un simple guiso de vegetales de la huerta, pero sabía como los dioses.
Después de la comida, aprovechando que el leñador y sus hijos estaban soñolientos, comenzó a interrogarlos acerca de los ingredientes que tan perfectamente habían combinado para lograr un manjar tan exquisito. Con total inocencia el más joven de los hijos le explicó que el único secreto para lograr que todos sus platos fueran deliciosos era echarles un poco de sal del salero que una anciana le había obsequiado en agradecimiento por la leña que él le había llevado durante un crudo invierno, gracias a lo cual la pobre mujer no había muerto de frío.
El ayudante inquirió qué haría cuando la sal del salero se terminara, pero el joven respondió que, aunque hacía ya varios años que usaban el salero diariamente, la sal no parecía acabarse nunca.
El ayudante agradeció a los leñadores su hospitalidad y se marchó. Pero lo que en realidad hizo fue internarse un poco en el bosque y subirse a un árbol desde el que podía vigilar los movimientos de los leñadores. Cuando luego de un rato estos tomaron sus hachas y partieron a trabajar, el cocinero volvió sigilosamente a la cabaña y robó el salero del hueco de la ventana y volvió rápidamente al palacio.
“Ahora sí que mi futuro está asegurado” – pensó. “Cuando el rey pruebe los platillos que he de prepararle, me convertirá en Cocinero Real y no podrá vivir sin mí”. El ayudante esperó a que el Cocinero Real se ausentara para hacerse cargo de la cocina. Preparó entonces un sencillo plato y lo condimentó con el contenido del mágico cacharro. El Rey, quien esperaba una comida simple pues sabía que su cocinero estaba de viaje, quiso saber quién había preparado una vianda tan magníficamente aderezada. El ayudante se hizo presente ante el monarca y, tal como lo había soñado, luego de ser calurosamente felicitado fue ascendido a Cocinero Real.
Pero mientras tanto, nuestros humildes leñadores sufrían la ausencia del mágico salero que convertía sus simples y elementales alimentos en verdaderos manjares. Finalmente un día el más joven decidió que ya habían comido suficientes comidas insípidas y que era hora de recuperar el salero mágico. Estaba seguro de que aquel visitante era quien lo había robado, pues nadie más, fuera de ellos, sabía de su existencia. Pero, ¿dónde lo encontraría? Así pues fue a visitar a la anciana del bosque para solicitar su ayuda. La mujer le echó en cara el no haber sido más cuidadoso con el regalo que ella le había hecho, pero prometió ayudar al joven a recuperarlo. Le dijo que volviera a su casa y que esperara, que ella le haría llegar un mensaje con la información que necesitaba.
Unos días más tarde, mientras el joven trabajaba en la huerta, se le apareció un enorme perro negro de aspecto feroz. El muchacho se asustó, pero luego observó que el animal tenía un trapo blanco atado al cuello, y que en el trapo había algo escrito. Con temor se acercó al animal, pero éste no dio muestras de querer atacarlo. Todo lo contrario. Se echó a los pies del muchacho y bostezó mansamente. Con mucho cuidado el muchacho desató el trapo y leyó el mensaje. Decía así: “ Ata una soga al cuello del perro y dile: “Vamos”, y él te guiará directamente al salero”.
Sin pensarlo dos veces, el joven tomó un trozo de cordel y lo ató alrededor del cuello del perro y le dijo: “Vamos”. Inmediatamente el animal se puso de pie y comenzó a andar. Anduvieron sin detenerse hasta llegar al castillo. Al ver al joven con el enorme perro, los guardias asustados le dejaron pasar sin hacer preguntas. El perro parecía saber exactamente hacia donde se dirigía. Entró al castillo, donde todas las damas y caballeros de la corte les abrieron paso atemorizados. Atravesaron el salón del trono, ignorando al mismísimo rey que allí estaba sentado discutiendo con sus ministros, y prosiguieron su camino por corredores y escaleras hasta llegar a las cocinas reales. El rey, los ministros, las damas y los caballeros los habían seguido pues no comprendían el significado de esta misteriosa aparición.
Al llegar a las cocinas, el perro se detuvo un instante, tal vez confundido por los muchos olores que allí se mezclaban. Pero rápidamente reemprendió la marcha y no se detuvo hasta llegar al Cocinero Real. Éste , que estaba de espaldas y con el maravilloso salero en la mano, se volvió al oír los gritos de las criadas y pinches que huían aterrorizados por la presencia del mastín. Helado quedó viendo al perro y al joven leñador que lo sujetaba.
“He venido a recuperar lo que me robaste” – dijo. “Tienes todo a tu disposición para guisar los más deliciosos manjares, no necesitas mi salero. Devuélvemelo”.
El rey, que había presenciado toda la escena pidió al cocinero que explicara lo que ocurría. Pálido de miedo y abochornado por la situación, no tuvo más remedio que explicar al monarca la verdad acerca de los maravillosos platos que preparaba.
El rey, dándose cuenta de lo que el salero significaba para los humildes leñadores, preguntó al joven qué castigo le parecía que debía aplicar al ladrón. Luego de pensarlo un momento, el joven respondió con sencilla sabiduría: “Que aprenda a cocinar. Tiene aquí todo lo que se pueda desear para cocinar los platos más sabrosos y exquisitos”. Y sin más pidió permiso al rey y volvió a su casa en el bosque.
El antiguo Cocinero Real fue devuelto a su puesto y el tramposo ayudante, obligado a tomar lecciones de cocina durante muchos, muchísimos años.

FIN


(un cuento maravilloso, para niños de todas las edades)

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